Don’t give up!

Ojalá vivas tiempos interesantes”, reza una antigua maldición China. Y sin duda hoy en día podemos entender mejor que nunca el significado de lo que en principio puede parecer una frase completamente inocente. Podríamos decir que desde 2008 no han dejado de ser tiempos interesantes a nivel global, aunque en España lo comenzáramos a sentir algo más tarde. ¡Y vaya si lo son!

La llamada crisis económica es uno de los factores que hacen estos tiempos “interesantes”, por decirlo de alguna manera, aunque no es el único ni el más importante desde mi punto de vista. Estamos viviendo otras muchas crisis, algunas más interrelacionadas que otras, pero que podemos identificar perfectamente:  una crisis política, una crisis democrática, una crisis de valores, una crisis ciudadana, etc. Los recientes acontecimientos que estamos observando especialmente en Europa no son más que un síntoma de todo ello.

Me tomaré la libertad de comenzar a hablar sobre las dos crisis centrales desde mi punto de vista y que son las que han dado pié al resto: las que denomino crisis política y ciudadana.

Podemos observar perfectamente como después de la II Guerra Mundial los ciudadanos de gran parte de los países occidentales fueron vivieron un periodo de cambio y transición hacia unas nuevas democracias, la obtención de nuevos derechos y de mayores libertades, incluidos los españoles aunque tuviéramos que esperar a los años 70. Eran tiempos en los que los ciudadanos se interesaban por la cosa pública, y tenían mucho que decir, y éste era un derecho que había costado demasiado conseguir.

Sin embargo me atrevo a señalar el final de los años 80 y los años 90 como el período de tiempo en el que, al menos en España, comenzó un proceso tan interesante de analizar como peligroso y nocivo en si mismo.  Por un lado, después de haber conseguido un numero considerable de derechos y un estado de bienestar aceptable, se empezó a producir una dejación de responsabilidades por parte de los ciudadanos en la cosa pública, en otras palabras, en la actividad política. Los ciudadanos comenzaron a ser menos activos tanto en los movimientos ciudadanos y asociativos como en la exigencia de rendición de cuentas a partidos y políticos. Se comenzó a escuchar eso de que “a mi me dejen tranquilo, que estoy bien como estoy” y el “total, si nos va a dar lo mismo”. Por otro lado los partidos políticos y los propios políticos comenzaron a entrar en una dinámica en la que dada la dejación de funciones de los ciudadanos y el creciente desinterés de estos comenzaron a dar mayor relevancia a intereses propios o incluso de terceros en detrimento de los públicos y los de la ciudadanía. Es precisamente a partir de este momento donde comienzan a hacerse más evidentes casos de corrupción, a la percepción de que aquel que esté involucrado en política es porque “algo querrá” y al final de la meritocracia y comienzo del servidurismo dentro de los partidos políticos, donde comienza a ser más adecuado no destacar demasiado sino esperar a que a uno le llegue el turno.

Es, sin duda alguna, lo que podríamos definir como una degeneración de la cultura democrática a de los ciudadanos, y por ende de la democracia en si misma.

Es a partir de 2008, con el comienzo de la crisis crediticia cuando una grave crisis económica afecta a los ciudadanos y a los gobiernos con una crudeza pavorosa.  Al mismo tiempo comienzan a tomarse una serie de medidas “de austeridad” que se presentan como totalmente necesarias e ineludibles debido a lo que se considera una mala gestión pasada de la que se culpa a los ciudadanos por haber gastado más allá de sus posibilidades. Los denominados mercados, que en principio deberían estar al servicio de los ciudadanos, en su condición de clientes, han cambiado las tornas y no son sólo ellos los que se yerguen como los únicos competentes para proponer las medidas que deben tomar los gobiernos, sino que se atreven a juzgar (a través de la prima de riesgo y los valores de la bolsa) no sólo las manifestaciones y huelgas de algunos ciudadanos ante una medidas que consideran injustas sino también hasta las decisiones de la propia soberanía nacional (como ha sido el caso reciente de las elecciones italianas, que ha supuesto un incremento en la prima de riesgo y la caída de la bolsa).

Tengo la esperanza de no ser el único al que este retrato de la realidad le parece algo dantesco y uno comienza a preguntarse exactamente a quién se deben gobiernos, si a sus ciudadanos y electores o a terceras partes y sus intereses. En este segundo caso estaríamos hablando de un secuestro de la democracia en toda regla.

Quisiera también llamar la atención hacia otro punto de inflexión que se ha producido recientemente: y es que si hasta los años 90 vivíamos tiempos de lucha y consecución de derechos, que se estancó de alguna manera a comienzos del nuevo milenio,  en la segunda década de este siglo hemos comenzado a sufrir una perdida o disminución de los derechos anteriormente adquiridos. Si mientras las generaciones anteriores lucharon por conseguir nuevos derechos, mi generación tendrá que hacerlo por no perderlos. Mientras algunos miran con nostalgia aquel Mayo del 68,  donde el germen de unos pocos estudiantes llevó a una sociedad entera a transmitir un gran “ya basta” al gobierno francés, otros parecen preferir hacer oídos sordos a una ciudadanía harta e indignada con la situación actual. Los ciudadanos están dispuestos a hacer sacrificios, pero solo si éstos conducen a una mejora, afirmó recientemente el presidente del Parlamento Europeo.

No debemos perder de vista el grave riesgo que se corre en estos tiempos convulsos de que emerjan movimientos populistas, incluso de corte extremista, que intentan beneficiarse del descontento ciudadano. Hemos contemplado una escalada de estos movimientos en Grecia e Italia, movimientos que sólo recogen la indignación pero sin un programa de medidas que nos permita hacer frente a los problemas que nos afectan. En el pasado han sido precisamente estos movimientos populistas los que han puesto en jaque los Derechos Humanos, es algo que no deberíamos olvidar nunca.

Como dijo Stéphane Hessel “no debemos exasperarnos, sino esperanzarnos; por esa razón, no deberíamos acumular mucho odio”. Nuestro deber cívico no es dejarnos embelesar por el canto de sirena del populismo, ni quedarnos en casa quejándonos desde nuestro sillón a través de las redes sociales. Debemos ser ciudadanos proactivos, dispuestos a tomar parte en la cosa pública, a retomar el control de nuestras instituciones de aquellos que han sucumbido a la corrupción, a exigir a nuestros representantes una regeneración democrática, a participar activamente en nuestros pueblos, barrios o ciudades, a reivindicar un estado que garantice un futuro a sus jóvenes y se ocupe dignamente de sus mayores, etc.

Por ello quisiera dejaros también la última parte de la maldición china que mencionaba al principio: “ojalá consigas lo que estás buscando”. Y aunque la maldición haga referencia a la perdida de la ilusión y la caída en conformismo, yo deseo que juntos vayamos avanzando para conseguir una sociedad mejor, eso sí mirando siempre hacia el futuro y sin perder la voluntad de mejora.

* Quiero ofrecer este post a la memoria de Stéphane Hessel (Berlín, Alemania, 20 de octubre de 1917 – París, Francia, 27 de febrero de 2013), miembro de la Resistencia francesa durante la II Guerra Mundial.

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