Ciudadanos del mañana

Aunque no lo parezca, escribir estas líneas va a ser más duro para mí que su lectura por parte de aquellos a los que hago referencia en ellas. Pero, como me enseñaron una vez, hay veces que es necesario ser sincero, incluso cortante, para remover conciencias y generar movimiento.

Desde hace algún tiempo soy estudiante universitario, estudio medicina en la Universidad de Cantabria; y, por si no tuviera suficiente tarea con eso, también soy representante de estudiantes. Durante mucho tiempo he oído toda clase de cosas sobre la participación de los estudiantes en la vida universitaria, muchas a negativas y algunas positivas; pero un tema que surge con relativa frecuencia es el referente a la participación de los estudiantes en la vida universitaria. “Los mayores” nos reprochan que somos ciudadanos pasivos, que somos minoría los que estamos dispuestos a llegar un poco más allá, que los estudiantes en general sólo queremos un título y que nos dejen tranquilos. Por si no tuvieran suficiente vertiendo estas impresiones, las aliñan con datos tan preocupantes como los índices de participación estudiantil en las elecciones de los representantes o del rector, la participación de la juventud en asociaciones y otros ámbitos relativos a la comunidad, la participación en actividades de extensión universitaria, y un largo etc. Razón no les falta, existe cierta comodidad en gran parte de los estudiantes, con ello no quiero decir que en todos, ¡nada más lejos!; pero no podemos olvidar que los jóvenes somos un reflejo de la sociedad en la que nos encontramos, de lo que vemos y de lo que nos enseñan.

Da la impresión de que nuestra generación se alimenta de los logros de las generaciones anteriores y que ya no tenemos nada por lo que luchar. Tenemos democracia, libertad de expresión, libertad de asociación, becas… ¿qué más podemos pedir?, ¿qué más necesitamos? No sólo parece que nos hemos vuelto cómodos… sino también conformistas, y no hay nada más peligroso para una sociedad que una juventud conformista. Acaso ¿serviría de algo un coche cuyo motor no se mueve?, pues de igual manera una sociedad con una juventud que no se mueve está condenada al fracaso. En este punto es cuándo debemos preguntarnos a qué se debe esta situación y qué podríamos hacer para cambiar. ¿QUÉ NOS HA PASADO?

Viñeta de Forges

Retomando el tema de la participación estudiantil en la universidad, una aproximación muy acertada es aquella que nos dice que si queremos que un joven hable inglés, tendremos que enseñarle a hablar inglés; pues si queremos que un joven participe, tendremos que enseñarle a participar. No pretendo tirar balones fuera de la educación superior, pero sí hacer ver que es un problema que no debe achacarse en exclusiva a esta etapa de la formación de nuestros jóvenes. Debemos inculcar ese espíritu crítico desde las primeras etapas de la educación, enseñarles a dudar, a no conformarse con aquello que se les da, a participar y luchar por aquello que quieren. Quizá no sea un tema que contenga ningún programa de ninguna asignatura de secundaria, pero sí es algo que los profesores, aquellos profesionales a los que la sociedad confía la formación de su mayor recurso natural, deben transmitir, un aspecto transversal tan importante o más como aquellos formales.

Un sentimiento de impotencia y decepción ha removido mi interior recientemente, y ha sido precisamente esto lo que me ha llevado a escribir estas palabras, aunque sólo fuese por desahogarme gritando al vacío. Los recuerdos que yo tengo de mi instituto, el IES Cauca Romana de Coca (Segovia), son de un instituto que más allá de las formalidades fomentaba la imaginación de sus alumnos (había concursos de relato corto, de poesía y de fotografía); las inquietudes de sus alumnos (varias excursiones; teatro, semana blanca; viaje de estudio…); la participación y expresión de los jóvenes que en él se formaban (la revista del instituto “Piña”, o la asociación de alumnos del centro); sus capacidades (Canguro Matemático); el deporte y el trabajo en equipo (la semana cultural) ; etc. Pues bien, quién lo ha visto y quién lo ve.

Uno contempla el amanecer de sus días, pero solo ve una sombra del pasado. […]”
Recuerdos del Pasado, por Alberto Pérez

Hasta un cierto punto se podría entender que la carga de trabajo de los docentes fuese tal que les impidiera realizar tantas actividades como en el pasado, pero la situación actual no se puede calificar de otra manera, pura desidia. Lo digo abiertamente y sin miedo, asumiendo  las consecuencias por hacerlo. Como dije al principio, me duele hablar así de un instituto que en otro tiempo fue mi casa y cuyas bondades alabé.

No sólo ha disminuido considerablemente la cantidad de las actividades extra-académicas, sino que la tradicional revista PIÑA ha sido abandonada al trasladarse la profesora que desinteresadamente se encargaba de ella en ocasiones anteriores. Ningún otro profesor ha querido liderar este proyecto, hiriendo de muerte, con nocturnidad y alevosía, a algo tan enriquecedor como una revista del centro. Han tenido que ser dos alumnas del centro, las que han llevado a PIÑA a la cuidados intensivos para no muriese de la estocada, intentando liderar ellas mismas con su escaso tiempo y recursos el número de este curso.

Por si el ejemplo anterior fuera poco ilustrativo, tengo otro. Ningún miembro del claustro de profesores quiere acompañar a la clase de 1º de Bachiller al viaje de fin de curso. Se va a tener que anular lo que iba a ser el único y seguramente último viaje que unos jóvenes compañeros iban a hacer juntos, compartiendo mucho más allá de sus horas de estudio, antes de abandonar el instituto y, con toda probabilidad, no volverse a juntar de nuevo en la vida. Unos irán a diferentes universidades, otros harán formación profesional y otros pasarán al mercado laboral, pero lo que es seguro es que difícilmente sus destinos volverán a cruzarse. Un viaje de estudios no es sólo una juerga compartida durante unos pocos días, también sirve para aprender a convivir y a compartir, a conocer el mundo más allá de las paredes del centro, incluso a divertirse con responsabilidad.

La asociación de alumnos está en stand-by, no se ha disuelto pero tampoco está activa. Bien es cierto que no hay muchos alumnos dispuestos a participar en ello, pero tampoco existe un gran apoyo (no sólo en cuanto a recursos) por parte de la dirección del centro.

Y, por si fuera poco, al finalizar el curso anterior estuvo a punto de disolverse la Asociación de Padres y Madres de Alumnos. Pero gracias al esfuerzo de unos pocos padres comprometidos ha conseguido salvarse, renovar sus estructuras y poder seguir adelante con una gestión, espero, más exitosa que en los últimos años.

IES Cauca Romana

Los dos ejemplos que he mencionado son cosas a las que no están obligados los profesores y que les suponen una responsabilidad y trabajo extraordinario. Pero yo no sería capaz de asumir una tarea tal como de formar a nuestras futuras generaciones, y hacerme llamar profesor, cuando lo único que soy es un mero transmisor de conocimientos; un mero libro pero que habla y cobra por ello. La formación de los jóvenes, por supuesto, no depende únicamente de los profesores, los propios padres son esenciales en tal tarea, incluso el resto de la sociedad debe dar ejemplo. La dejadez de funciones en este aspecto concreto puede tener consecuencias desastrosas para una sociedad.

No podemos echarnos las manos a la cabeza y acusar a los jóvenes de apatía cuando son los propios formadores (repito: padres, profesores y la propia sociedad) los conformistas y cómodos. ¿Cómo esperamos que los jóvenes tengan inquietudes si lo único que mueve al resto es el interés personal? ¿Qué ejemplo se está dando en el IES Cauca Romana?

Por favor, luego, cuando estos jóvenes vayan a la universidad, no tengan la poca vergüenza de atacar a los pocos que participen y luchen por sus derechos con índices de participación bajos y cuestionando su representatividad; ¡NO, no lo hagan!, porque será el resultado de la formación que les han dado.

Si esta es la formación que queremos para los ciudadanos del mañana, qué futuro pretendemos tener como sociedad, cómo podremos tener grandes científicos o empresarios emprendedores, qué clase política surgirá de un rebaño de corderos indolentes…

Cuestionémonos si realmente estamos contribuyendo a una sociedad más rica y plural o, por el contrario, estamos dispuestos a vender nuestra alma al diablo por algo de dinero y un poco de comodidad.

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