Overview of my ERASNUS experience (part I)

Hace tan solo un par de años me resultaba impensable la idea de irme de Erasmus… Y es que teniendo en cuenta que en mi facultad hasta este año no había becas en inglés (y la que hay ahora es sólo para realizar las prácticas de sexto) y que las que había eran en francés, alemán o italiano… no me terminaba de convencer la idea. Sin embargo, las cosas cambian.

La decisión

Nunca he creído en el destino, pero he de reconocer que a veces la vida de giros inesperados y parece que, de alguna manera, ella misma nos marca el camino que debemos seguir. Y eso fue precisamente lo que me ocurrió. Hace ya un año y medio cuando las circunstancias de aquel momento me hicieron rellenar la solicitud del Erasmus sin tener ni siquiera mucha intención de ir. De hecho, también hice la solicitud del SICUE, también sin mucha esperanza, y sin decírselo ni a mis amigos ni a mi familia. Al final me concedieron ambas becas, por lo que renuncié a la SICUE y acepté la Erasmus a Italia. En ese momento lo que empezó como algo improbable comenzó a materializarse en una realidad cada vez más tangible.

Comenzaron los preparativos… solicitud a la universidad de destino, buscar las asignaturas equivalentes, rellenar el learning agreement, conseguir las firmas del coordinador Erasmus y del Vicerrector de Relaciones Internacionales, tarjeta sanitaria europea, formulario E-106 y un largo etc. El curso de italiano fue mi primera toma de contacto con este idioma, lo aproveché todo lo posible y también hice las primeras amistades como consecuencia el Erasmus.

Los preparativos en mi ciudad de destino resultaron bastante asequibles gracias a la ayuda de dos de los Erasmus anteriores: Nieves y Javi, a quienes se lo agradezco enormemente y de forma especial a Javi. Gracias a ellos iba ya con el piso buscado, las instrucciones de supervivencia para los primeros días, consejos para los estudios… y tantas otras cosas que hicieron de los primeros días algo soportable.

Y llegó el momento

El 29 de septiembre de 2009, con el vuelo IBxxxx Madrid-Bari, hice el viaje que me llevó por primera vez a tierras italianas. Llegué a Bari con mi maleta (a la que tuve que quitar alguna cosa en Madrid por exceso de peso), mi maleta de mano y mi portátil. Cogí un taxi y le dije como pude la dirección de la que sería mi casa durante 10 meses… la pronunciación no debió ser muy buena, porque enseguida me preguntó si era un estudiante Erasmus y pagué mi primera novatada 5€ de más del precio normal que suele costar la carrera.

Me dejó en un portal medio roto, a los pies de un edificio bastante descuidado… confirmándome que esa era la dirección correcta. Llamé a la casera rezando para que no saliera de ese dichoso portal y que el taxista se hubiese confundido… sin embargo nadie atendió mis plegarias. Me tocó cargar con todas mis cosas hasta un cuarto piso de techos altísimos. Llegué apenas sin respiración pero eso a la casera no la importó… empezó a explicarme todo en un italiano que apenas me daba tiempo a entender de lo deprisa que hablaba. Llaves del piso, lectura de los contadores de luz y agua, revisión del equipamiento del piso, lectura del contrato (con ello me refiero a un papel firmado por ambas partes, del que nunca llegué a tener copia, y que, por supuesto, carecía de validez legal), pago de la fianza y del primer mes… todo ello en apenas 15 minutos, uffff. Poco después llegaron mis compañeras de la facultad que también venían a Bari y a vivir en mi mismo edificio: Suzete, Julia y Marta. Me llamaron, asustadas por la misma razón que yo tuve al llegar al portal. Afortunadamente ellas estaban en el tercer piso y no hubo que cargar tanto con las maletas.

Esa noche conocimos a Paco, un Erasmus que hizo leyenda en Bari, a Cris y a Franchu, nuestra pareja malagueña del tercero también, y a Miguel, incalificable. Estábamos cansados física y psicológicamente, y salimos a cenar nuestra primera pizza. Al día siguiente… cogimos fuerzas con un rico cappuccino y un corneto (en Bari = croissant) en la terraza del Café Borghese, en frente al Consulado Español, y emprendimos nuestro camino hacia el IKEA. Podéis imaginar cómo continúo la cosa… comprando todas las cosas necesarias, y otras no tanto, para sobrevivir un año. Descubrimos lo que serían nuestros supermercados de referencia :P, la panadería del barrio, el todo-a-cien de enfrente de casa, la cafetería de la esquina y la caffetteria Donna, etc, etc.

Los trámites administrativos en la universidad merecerían un capítulo aparte: comprar la Marca da Bollo, conseguir el certificado de entrada, el libretto, las firmas del Learning Agreement, el Codice fiscale y las diferentes tarjetas universitarias, cada una en un sitio diferente, por supuesto, (la tarjeta del bus, la show card para el cine, la del comedor universitario, la del centro deportivo). Para que luego digan de la burocracia italiana…

El prometido curso de italiano… llegó, de pago y con 7 meses de retraso, pero llegó. Mucha utilidad no saqué de él, ya que q esas alturas ya había aprendido casi todo el italiano necesario para el día a día, pero mejoré mi gramática y me saqué un título oficial de mi nivel de italiano (B2), algo es algo.

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