Algo se pudre en Dinamarca…

Existe un error que he cometido mil veces en esta vida y aún no he aprendido a corregir:

mi ingenuidad.

Desde pequeñito mi familia me educó en lo que ella entendía más conveniente, entre otras cosas en la premisa de “no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti”, entendida también en el sentido de compórtate hacia con los demás como te gustaría que se comportasen contigo. De ésta enseñanza se deriva una filosofía de vida, a mi entender bastante sensata, pero con ciertas puntos débiles. Uno de ellos, y sobre el que me quiero centrar en esta entrada, es que puedes caer en el error de pensar que todo el mundo sigue dicha filosofía y, por tanto, se van a comportar con el resto del mundo de una manera adecuada y correcta, pero la realidad es bien distinta. De hecho, lo que “está de moda” es preocuparse exclusivamente de lo propio ignorando cualquier agravio que puedas hacer a los demás por el camino.

Vivimos en un tiempo en el que confiar en la buena fe de los demás es suponer demasiado, y a aquellos que “por error” seguimos haciéndolo se nos tacha de ingenuos, con gran parte de razón. La palabra de una persona está totalmente devaluada, oyendo cada vez más eso de “mándamelo por escrito”. Y la honradez y caballerosidad son cualidades totalmente desfasadas. Esta especie de psicosis colectiva en pro del individualismo afecta a toda la sociedad y no vale la desgastada excusa de “estos jóvenes…”.
Esta sinrazón de la que os hablo no sólo se ha apropiado de la gente de a pié, sino también de nuestros gobernantes, políticos y demás representantes. Ya no se intenta beneficiar al colectivo que los han elegido y a los cuales representan, ¡que va!, ahora sólo importa el YO. Y si por el camino para conseguir mis intereses tengo que pasar por encima de la confianza que otros depositaron en mí ¡no importa!, lo que importa es el fin y no los medios.

Como toda regla que se precie tiene sus excepciones, contadas, pero las tiene. Una de ellas, más que una excepción es una variante, que por su complejidad y sinsentido merece la pena mencionar. Se trata de un punto intermedio entre la lucha por los intereses del colectivo y el individualismo, podríamos describirlo cono una buena intención que se quedó por el camino. Es cuando el sujeto no sufre de el mencionado individualismo, pero tampoco le preocupan demasiado los intereses del colectivo, sino que lo que le importa es el colectivo en sí, como ente intangible y no como grupo de personas. Es decir, cuando el sujeto intenta hacer lo mejor por El Colectivo, pero para ello no importe si hay que menoscabar los derechos de las personas que forman parte del mismo.

Yo, por lo menos, no es lo que me esperaba de nuestros gobernantes y representantes, tengo que reconocerlo. Pero, del mismo modo, es preferible este punto intermedio que el individualismo de otros; porque como dice mi abuela “A falta de pan, buenas son tortas“. Y no creo que en ésto sea aplicable el principio aristotélico situando la virtud en el punto medio; la virtud en este caso está cuando el beneficio que se obtiene no es exclusivamente para el individuo ni para el colectivo como ente, sino para los dos. Una democracia es realmente una democracia es cuando se cumplen las reglas del juego, que para algo se hicieron.

La cuestión que me invade ahora es: Si rompemos las reglas del juego… ¿quién debería hacerlas cumplir?

2 opiniones en “Algo se pudre en Dinamarca…”

  1. Estoy completamente de acuerdo con lo que has escrito pero, la experiencia me ha enseñado que se recoge de lo que se siembra, as´i que trato de planta muchas semillas de confianza y buena voluntad para con los dem´as. De resto, tan solo decir que me considero ciudadana del mundo, as´i que no me siento realmente representada por nadie sino por la situaci´on real que se est´a generando en nuestro planeta, y en las elecciones, ir tanteando a quien menos nos pueda perjudicar…
    Muchos saludos y gracias por el blog, es muy interesante.

Deja un comentario